martes, 29 de noviembre de 2016

Desahógate, suelta lo que tengas que soltar

....–Desahógate, suelta lo que tengas que soltar, échalo todo afuera –le arengaba Abel, eligiendo las palabras adecuadas–. A ver si me entiendes, ¡si el hombre se pusiera un tapón en el culo sería hombre muerto! No te quedes con la angustia dentro.
....–Los perdí –reveló Simón–, a mi mujer, la casa y a mis hijos. Ahora tienen otro padre.
....Tomó de Abel la fotografía y acarició los bordes desgastados.
....–Pensé que a tus recuerdos les podía pasar lo mismo –explicó Abel.
....Simón se apartó del grupo. De pronto se le había cerrado el estómago y no le entraba más alcohol.
....–Puede que no recuerde quién nos hizo la foto, o qué hicimos al día siguiente –cavilaba Simón, componiendo el semblante–, pero recuerdo claramente a mi familia, como si la tuviera hoy delante. A pesar de no verlos desde hace… ¿cuánto?, ¿diez años?
....Se alejó hacia la calle Segovia para despejarse y porque con las piernas reproducía la puesta en marcha de sus recuerdos.
....Abel caminó detrás y luego a su lado en cuanto la calle endureció su pendiente, dejando a la izquierda las curvas de la Cuesta de la Vega, en línea recta hacia el Viaducto de Segovia.
....–El capitalismo procura hacer del consumo una adicción. Si quieres saber los deseos de la gente basta con que observes la publicidad de la tele –Simón recuperaba su lenguaje incisivo–. Me pudo la ambición. Caí en la trampa y me endeudé. Más tarde vino el tío Paco con las rebajas, en forma de recesión económica, y me quedé con el culo al aire. La empresa en la que había invertido el dinero se echó a perder, y a partir de ahí todo lo demás.
....De los efectos del alcohol prevalecía el de la desinhibición, el vino ingerido le soltaba la lengua, actuaba de suero de la verdad.
....–¿Montaste una empresa? –se interesó Abel– ¿Del ámbito de las matemáticas?
....–Probé suerte, nunca mejor dicho. Me gustaba jugar a la Bolsa y creí que las matemáticas podrían predecir las subidas y bajadas de las acciones. Creé una empresa para asesorar sobre las mejores jugadas. Lástima que las matemáticas no predijeran la recesión. Y una verdadera lástima que mi casa estuviera en juego.
....–Lo perdiste, pero también lo tuviste –dijo Abel, que no sabía cómo animarlo–. A cuántos les gustaría perder un gran amor o una gran casa, a muchos, porque eso significaría que en algún momento lo tuvieron.
....–El año que dejé de pagar la casa y nos desahuciaron –continuó Simón–, mi mujer pidió el divorcio y la custodia de los hijos. El amor es como una peonza, cuando se para, se cae. No volví a ver a mis hijos. Aunque, a decir verdad, reconozco que antes tampoco les veía mucho. No me extraña que no me quieran ni ver.
....Cerca ya del Viaducto, en vez de remontar la ladera de la izquierda, la que habitualmente ocupaban, Simón dobló a la derecha en dirección a Las Vistillas, y Abel con él. Ascendieron por la escalinata en zigzag de la empinada Cuesta de los Ciegos, que lleva hasta el mirador que da nombre a Las Vistillas. En el último tramo, sirenas de policía sonaron distantes y fugaces abajo, por la calle Segovia. En lo alto, el viento mecía las ramas de los árboles que enmarcaban la panorámica. Entre la noche y las hojas asomaban luces lejanas de las riberas del río Manzanares y de la Casa de Campo.
....–Madrid –Se recreaba Simón en la vista–. ¿Sabes que su nombre tiene su origen aquí? Desde aquí los árabes podían ver venir al enemigo y abastecerse del arroyo que corría por la actual calle Segovia. A aquel arroyo lo llamaron Mayrit, que quiere decir algo así como “madre de aguas”. Así que, mira por dónde, Madrid viene de madre.
....Abel no pudo evitar acordarse de Matilde, de quien no guardaba fotografía alguna. Simón guardaba en el bolsillo la vieja fotografía que él había despegado del carro de supermercado. Quién iba a decir a Abel que de esa manera la había salvado del fuego. El carro y su contenido pronto estarían envueltos en llamas.
....El primero en ver el humo fue Martín, que no andaba muy lejos. Salía en columnas de debajo del Viaducto, justo de la zona en la que estarían ahora de no haber girado en dirección a Las Vistillas. A menor distancia lo vio Germinal, que por fortuna había huido a tiempo, nada más escuchar los ladridos de los perros, antes de escuchar las voces y los golpes. Cuando fue Abel quien vio el humo, la sombra de una nube negra y antigua se cernió sobre él.


© Ricardo Guadalupe

jueves, 27 de octubre de 2016

Abel le veía acabar una botella

....Abel le veía acabar una botella y mirar por el orificio no fuera que quedara alguna gota. El fondo de cristal no le ofrecía en cambio otra cosa que la visión del suelo en el que terminaría tendido, durmiendo la mona. Había un ansia desmedida en su forma de beber, a veces daba tragos con los que parecía querer meterse dentro de la botella. Un día salió a la carrera por una de las laderas de césped que descienden bajo el Viaducto. La botella de la que bebía se le había resbalado y rodaba por el terreno inclinado. Él la perseguía, nada ni nadie frenaba la caída.
....A Abel le costó tomar la iniciativa, dejar a un lado las inseguridades y convencerse de que podía influir para bien en alguien. Hasta el momento se había limitado a hacerle llevaderas las resacas, liberando sus pies hinchados de las botas, por ejemplo, acostumbrándose al olor agrio de las personas que duermen con la ropa de calle puesta. O custodiándole el carro de supermercado en el que llevaba todo lo que tenía, incluido algo que resultaría revelador. Reparó en ello haciendo sitio a una bolsa de fruta que Germinal había traído nuevamente de Mercamadrid. En la bandeja plegable del carro había una foto pegada con papel celo. Por pudor, no la observó con mucho detenimiento, aunque sí el suficiente para darse cuenta de que era una foto de familia, en la que reconoció a Simón, sin barba, acompañado por mujer y niños. La tapó con la bolsa de fruta y no se atrevió a preguntar por ello. No lo haría hasta un tiempo después, cuando conoció a Zoilo. Zoilo era otra persona sin hogar que apareció bajo el Viaducto como un fantasma. No hablaba. Y a juzgar por sus gestos tampoco recordaba. Supieron su nombre por los sanitarios del SAMUR que vinieron a atenderlo. Había perdido la memoria. Se fue en la ambulancia como había venido, como una sombra sin dueño. Triste final para aquel anciano. Se había quedado sin fotografías en la memoria. Se le habían borrado los recuerdos. Ni siquiera podía crear otros nuevos. A su manera, Simón tampoco. Y los viejos recuerdos, más aún que las viejas fotografías, tienden a desgastarse por los bordes, poniendo en peligro el foco de la imagen y la esencia misma de lo vivido. Esta idea u otra parecida le debió asaltar a Abel, porque apenas se fue la ambulancia ya estaba haciéndose con la foto pegada en el carro. Simón había bajado al parque de Atenas. Y Abel no iba a tardar en ir a su encuentro, ahora que tenía en sus manos la vieja fotografía, de bordes desgastados.
....Entremedias otra vez la Cuesta de la Vega, más frecuentada según se acercaban las noches de pleno verano. En uno de los jardines que rodean las rampas, varios jóvenes hacían botellón. A alguno de ellos poco le faltaba para el coma etílico. Abajo, en el parque de Atenas, el grupo con el que se juntaba Simón era de bebedores habituales. Algunos tenían los ojos morados, de pelearse. Si bien cuando llegó Abel compartían un ambiente de fraternidad, en torno a un amigo común: el alcohol. La botella pasaba de mano en mano y con ella rellenaban unos vasos de plástico. Había quien abandonaba el vaso para retirarse a vomitar, y había quien vaciaba el contenido del vaso abandonado en el suyo propio. En esas estaba Simón cuando fue sorprendido por Abel y la fotografía de su familia.
....Existen personas que son heridas abiertas. Si les transmites calor se sienten inmensamente aliviados, mientras que si les aprietas un poco se hunden de dolor. Simón lloró de dolor, a causa la fotografía. No quería que los ojos del pasado le vieran así.


© Ricardo Guadalupe